¿Necesitamos himnos? Canción política en la época de la reproducibilidad técnica.

Escrito por Gari Gamarra, filósofo/profesor y miembro del grupo Ornamento y Delito.

El pasado 12 de abril fui invitado por Podemos a una mesa redonda con el tema “Música y política en el contexto de la CT (Cultura de la transición)”, dentro de las actividades del primer encuentro de sus Círculos en Madrid. La charla, en la que también participaba Raúl Querido (El Pardo), discurríó en torno a cómo hacer canciones pop (o rock, como se prefiera) más allá del contexto cultural que desde los últimos 35 años ha neutralizado su eficacia política, imponiendo músicas aproblemáticas y aislando y marginalizando mediáticamente a todos los artistas que han dado pasos en una dirección crítica con el sistema económico, social y político heredado del franquismo.

Principalmente, lo que me llevé a casa de aquella charla fue mi enorme dificultad para pensar pop y política conjuntamente y, sobre todo, para hacerlo de modo concreto, aplicado a la música que he escuchado y escucho, aquella música (underground, indie, alternativa…) que revolucionó mi vida, que me hizo, hace ya veinte años, empezar a componer canciones y que absorbe aun hoy una parte muy importante de mi tiempo. ¿Qué tienen de contraculturales Joy Division, The Jesus and Mary Chain, la Velvet Underground, David Bowie, Kraftwek, Einsturzende Neubauten o los Swans? ¿Qué tienen de antisistema Gabinete Caligari, Golpes bajos, Lagartija Nick, Los bichos, Corcobado, Comando Suzie, Nacho Vegas u Ornamento y delito.

I. Canción protesta

Claro que también he escuchado y escucho grupos políticamente comprometidos y / o con letras abiertamente políticas como Eskorbuto, The Clash o Ciclos Iturgaiz, pero no son ni la mayoría ni los considero determinantes en mi experiencia de la música pop. Por otro lado, la canción protesta, que también me ha interesado y he disfrutado y disfruto aun, es una tradición anterior y ajena a la cultura del pop. Cantautores como Paco Ibañez, Daniel Viglietti, Víctor Jara o Chicho Sánchez Ferlosio rescataban y sistematizaban políticamente desde los años sesenta un tipo de canción tan antigua como la opresión e injusticia contra la que se alzan. Los textos que el pueblo quiere oír y cantar no son solo textos románticos, la crítica a las injusticias sociales y la épica de un mañana mejor pronto se va a transformar en incómodo canto popular, en sentimiento unitario que canaliza la frustración y el descontento, pone las bases de la acción conjunta, crea poder popular.

Podríamos medir la eficacia de aquellos cantautores por el grado en el que fueron perseguidos y castigados por los poderes que se sintieron amenazados por ellos. Posiblemente, los chilenos Quilapayún se libraron de una suerte como la que corrió Víctor Jara -ejecutado previa tortura y amputación de lengua y manos-, al parecer, gracias a que en el momento del golpe de estado de Pinochet estaban de gira por Europa. Cuando en la noche del pasado 25 de junio de 2014, en la plaza del Reina Sofía de Madrid, ante un grupo de eufóricos simpatizantes, Podemos decidió cerrar el acto con “El pueblo unido jamás será vencido” de Quilapayún, con gran acierto, desde mi punto de vista. Frente a este himno, “Golpe maestro” de Vetusta Morla, escogida como tema de campaña con una letra que incidía en la cuestión de la Transición como inauguración de régimen, muy cercana por tanto a la narrativa de Podemos, quedaba como una cortinilla de fondo, sin el temple ni la capacidad de aglutinar de la vieja canción chilena, por más que para muchos era tan poco conocida una como la otra.

Ante esta situación me vinieron a la mente una serie de dudas: ¿Somos los músicos actuales capaces de crear auténticos himnos para la emergencia política que viene? ¿De dónde viene esta necesidad, incluso en un movimiento que mira tan hacia delante como Podemos, en los momentos de euforia, en los momentos de necesidad de catarsis y unión colectiva, de volver al pasado?

Particularmente, nunca he tenido mayores problemas en volver sobre sobre viejas canciones, retomar la memoria de las anteriores luchas y despertar de su sueño los eternos anhelos de justicia del pueblo. Sin embargo, siempre queda esa duda de si no estamos cayendo en cierta nostalgia derrotista a priori, si no estamos recreándonos de modo fetichista en los símbolos de un pasado con un final ya escrito. Como esos spots electorales en los que suena la Internacional interpretada por un acordeón triste sobre imágenes sepia, como una canción de Ismael Serrano, como una película de Fernando León de Aranoa. uno no está constuyendo política, sino represetándose un papel, refugiándose en una historia ajena, pasada y hace tiempo concluida (con fin trágico pero sin que la sangre te salpique demasiado, gracias a la distancia del tiempo).

Desde hace más de diez años, con movimientos como el “No a la guerra de Irak”, se han ensayado distintas canciones e himnos, oficiales u oficiosos, que nunca ha logrado el reconocimiento por parte de los que participábamos en aquellas manifestaciones. Se toleraban sin demasiada mofa los intentos de nuevos y viejos cantautores, pero la gente no conectaba con un estilo y un lenguaje caduco, descontextualizado, que pertenecía a otra época y a otras luchas. Como tantos otros símbolos de la lucha común, no funcionaban, no se querían.

Podemos ha reabierto un debate complejo pero necesario y, probablemente, sus logros hasta el momento y su futuro éxito dependen en parte de sus aciertos en este sentido. Frente a las posturas más ácratas que rechazan los líderes carismáticos, la patria, las banderas, Podemos ha defendido que no ha habido lucha y proceso constituyente sin símbolos y por ello, va en busca de ellos. Pero no se pueden agarrar, como hacen otros, a aquellos viejos símbolos, viejas banderas, viejos iconos demasiado cargados y que cierran la puerta a que muchos se identifiquen. Podemos, por tanto, se encuentra en la necesidad de producir con cierta urgencia símbolos de afección comunitaria eficaces. Una de esas búsquedas parece haber sido la música, de ahí que contactaran con Ornamento y delito, con Nacho Vegas, Pablo und Destruktion o Alborotador Gomasio, de ahí que escogieran la canción de Vetusta Morla. Parece que, en parte, reconocen en el Indie ese espacio en el que buscar las nuevas canciones, los nuevos himnos. Pero, ¿no le queda un poco grande al Indie esta labor? ¿podemos asumir esta responsabilidad? ¿Queremos? ¿Qué dificultades podemos encontrar por el camino? Personalmente entiendo esta reflexión sólo como un ejemplo parcial del reto que Podemos a lanzado a este pueblo: construir un país distinto.

 II. Indie

Desde finales de los años 90, la subcultura pop, también llamada Indie o Underground, se ha popularizado tanto que ya no veo muy correcto llamarla Underground o contracultura. El fenómeno de los macrofestivales (Benicassim, Primavera Sound, Sonorama…) se ha convertido en un referente que va mucho más allá de la minoría de melómanos, fetichistas musicales, que los impulsaron originalmente. Los festivales son espacios de catarsis colectiva en los que la música es la excusa u ocasión para celebrar lo “divino social” sobre el que escribiera Durkheim hace ya un siglo. Esta popularización del género Indie, puede hacer plantearnos las posibilidades de esta música como instrumento de concienciación política: ya que cada vez masas más amplias nos escuchan, ¿no hay cierto imperativo de hacerse cargo de los asuntos más acuciantes del pueblo? ¿No debemos poner nuestra música al servicio de la movilización?

Desde sus orígenes, el pop ha sido una música transgresora, de choque, por lo que no debería ser extraño a su propio modo de hacer el incorporar textos de choque político-social; la transgresión más clásica en el rock ha sido de orden moral, con textos eróticamente explícitos en un tiempo en el que la moral era muy represiva en este terreno, exaltación de las drogas ilegales, muestra del orgullo de la juventud en toda su espontánea irreflexividad, en un mundo dominado por los viejos, críticas a la moral del esfuerzo y el ahorro… Aquí sí podemos ver cómo encajan alguno de los grupos mencionados: la exaltación del sadomasoquismo y la heroína de la Velvet, la ambigüedad sexual y los héroes yonkis de Bowie, el coqueteo con lo políticamente más incorrecto (Rudolf Hess) y el interés por las mentes perturbadas de Joy Division, odas a la radioactividad en la Alemania del nacimiento del ecologismo (Kraftwerk). La contracultura musical es, por tanto, subversión moral, canciones que golpean la moral establecida, el bienpensar sobre el que se asienta la sociedad disciplinaria. Sin embargo, desde un punto de vista de lucha política por conquistar las instituciones, por lograr igualdad y justicia, no está tan claro que el rock sea tan anti-sistema. Parece que la labor de ir a la contra del rock es un trabajo que va más hacia terrenos más próximos, hacia la intimidad y en este sentido su música puede ser asumida incluso por la propia casta política y financiera, sin mayores traumas.

En mayo de 2011, Ornamento y delito actuamos en el Primavera Sound. Se acababa de prender la mecha del 15-M y en la plaza del Sol de Madrid permanecían acampados los indignados. Tocábamos el sábado, pero aproveché la oportunidad y el pase VIP para disfrutar del festival desde el jueves. El viernes por la mañana me levanté un poco resacoso; había estado el día anterior visitando a unos amigos, Carolina y Jose, antes de ir al festival y les comenté que tal vez me pasara a la mañana del día siguiente por la plaça Catalunya, pero finalmente había decidido ir directamente al festival. Cuando me disponía a dirigirme hacia el parc del Forum, recibí una llamada de Carolina: la policía estaba desalojando con violencia a los acampados, ella había recibido varios golpes. Dudé por un momento si cambiar los planes, pero me esperaban en el Primavera y entendí que no podía hacer nada. Yo vivía una relativa sensación de triunfo y reconocimiento musical después de toda una vida haciendo música sin llamar la atención de nadie; de tener muy pocos seguidores y una difusión limitada, en menos de un año Ornamento y delito habíamos pasado a firmar un contrato con Limbo Starr, publicar un disco (¡un vinilo!), salir bien parados en medios como Rock de Lux, y tocar en el Primavera Sound ¡¡cobrando!! Mientras me dirigía al parq del forum -ese día tocaban, entre otros, los legendarios Suicide- me sentí, lógicamente, como un gilipollas. Tenía aun recientes los días de protesta en Madrid en los que participé, como tantos otros, tímidamente, solidarizándome con los indignados, acercándome a alguna de las asambleas sin participar activamente, concentrándome con ellos y aguantando mientras la policía amenazaba con cargar los días posteriores al 15-M, volviendo a casa a eso de la media noche, que al día siguiente había que madrugar para trabajar.

El parc del Forum, construido para el Forum de las culturas de 2004 como un parque de atracciones multicultural en la periferia de Barcelona -dentro de una operación re-urbanizadora y expansiva de la ciudad, que venía a rematar su constitución como ciudad-marca iniciada con las olimpiadas del 1992-, permanecía al margen de convulsiones y las agresiones policiales de la plaça Catalunya. Pude ver, sin embargo, alguna tímida pegatina de los indie-indignados, que estaban en el Primavera, pero dejando claro que su corazón estaba en la plaça Catalunya. Cuando empezó a sonar la música, aunque mi mala conciencia no acabó de callar, todo se hizo más ligero y el ruido de sables de la policía quedó definitivamente sepultado. Al día siguiente actuamos con un moderado y razonable éxito y volví exultante a Madrid, tras presenciar conciertos tan gloriosos como el de los Neubauten o el de los Swans.

III. Pop y política

Es evidente que la falta de legitimidad de las instituciones que representan el todo social hace que aquello que apele a los vínculos comunes, a lo social, eche para atrás. No eran los cantautores de los sesenta los que generaban la ilusión política, el mundo nuevo que se iba a hacer, sino que aquella ilusión política iluminaba, arrastraba a los cantautores que ponían su granito de arena. Sin embargo, hay algunos puntos de diferencia en la naturaleza de la canción pop y su modo de espectáculo, que lo diferencian del contexto de producción y comunicación de la música tradicional y que conviene tener en cuenta.

Los cantautores practicaban un espectáculo que podemos denominar “clásico”: cantaban cara a cara, en el aquí y ahora, al nosotros de la comunidad. Aunque muchos de ellos se popularizaran por sus grabaciones y así los escuchamos y así nos siguen emocionando, sus discos no vienen a sustituir la experiencia genuina del directo, solo vienen a convocarla, a representarla, del mismo modo que podemos ver por televisión una misa, un encierro de San Fermín o una obra de teatro, pero, sin que este medio llegue a sustituir la experiencia original de estar “allí”. Es tal vez por ello que las grabaciones más escuchadas y sentidas de aquellos cantautores sean grabaciones en directo, como la de Paco Ibañez en el Olympia de París, en 1969, que nos transporta y recrea aquel clamor popular desde el que cantaba y para el que cantaba Paco, aquel cuerpo social en marcha, aquel “nosotros” concreto.

Frente a la cultura tradicional del folk y frente a los cantautores de la canción protesta, la cultura pop está vinculada al mundo urbano moderno y a sus modernas formas de tecnología -no hay rock sin electricidad, sin guitarras eléctricas, amplificadores, sintetizadores-, a los medios de reproducción -no hay rock sin vinilos, sin cassetes, sin cds, sin mp3- y a los medios de masas -no hay rock sin radio, televisión, Internet-. El pop se puede interpretar en directo, ante una audiencia, pero ya no es la tribu sentada al fuego para quien se canta. La mediación tecnológica no es un simple medio en el pop, sino que es un mundo, “su mundo”, inscrito en lo más profundo de su estética y su verdad. El músico pop no se dirige a una persona concreta -a un tú- o a un grupo concreto -a un nosotros-; la relación que se establece entre intérprete y oyente no es una relación interpersonal, comprometida, de confesión, compromiso y abrazo; el cantante del pop se construye un personaje, una máscara imposible e histriónica, y el oyente, a su vez, la mira como quien mira un escaparate, a un maniquí, como quien disfruta de un fetiche: mira como el voyeur, impúdicamente, sabiendo que no está siendo visto, en soledad, de aquí nace la connotación erótica, lujuriosa: es una objetualización mutua de espectador y actor. Y más allá de esta relación solitaria, onanística, la estrella pop se dirige a una masa mediática o, más bien, tanto esa masa como el músico se dirigen ambos a la máquina que mediatiza: igual que el actor de cine, el cantante se dirige a la máquina que reproduce y amplifica sus palabras (al micro, a la grabadora).

Festivales como el Primavera Sound son el doble complementario de la existencia virtual de las masas en los foros sociales de Internet. Cuando estas masas se reúnen, no hacen más que comprobar experimentalmente que están constituidos como grupo virtualmente, que no pueden encontrarse más que en la red, que todo encuentro actual es, hasta cierto punto, un acto fallido, por lo que regresarán resacosos y renovados a la red. El espectador actual acude a los conciertos a recrear en directo su experiencia íntima y virtual de la canción.

No sé si se ha editado algún disco en directo de una actuación de una banda en el Primavera Sound, de lo que estoy seguro es que si Ornamento y delito somos recordados dentro de 10 años, no será por alguna grabación en de aquel concierto o por un doble vinilo en directo en el Parq del Forum, a modo del directo del Olympia de Paco Ibañez.

Si queremos buscar un punto de ruptura claro con la lógica a-política del pop, necesariamente debemos hablar del Punk. Con el punk parece haber un cambio, se sistematiza y se generaliza la canción como instrumento de expulsión de la rabia y frustración personal en forma modos y textos con carga política explícita. “Anarchy in the UK” fue el modelo por excelencia, sin embargo, cabría preguntarse, ¿es realmente ésta una canción política? ¿Es canción protesta, en el sentido de la de los cantautores políticos? Los cantautores partían del compromiso político, no solo del social. En ellos se busca la coherencia del militante, el valor del partisano, que sacrifica todo por del cambio social. El punk, por el contrario, no puede aceptar ningún compromiso porque su único compromiso es con el “No”. Su compromiso es el compromiso nietzscheano con el devenir, con la voluntad de poder, cualquier discurso será solo máscara en el carnaval de la vida, su precepto es desmitificador desde el propio mito, no hay ciencia ni verdad política ni moral, sólo hay mitos. Greil Marcus ya explotó aquella genealogía en su famoso Rastros de carmín, con lo que no ahondaré en estas cuestiones, simplemente ver que si el punk y el rock tenían en sus impulsos más radicales intereses políticos, eran de unas pretensiones que van más allá de cualquier lógica política clásica y que, por ello, concibo más desde un punto de vista de cambio moral, como formas de religión, no de política.

Cuando los pretendidos herederos legítimos del punk se han dedicado a hacer canción protesta punk los resultados han sido en general lamentables. No hay más que repasar la mayor parte de las canciones pretendidamente punk (de grupos de los que no quiero acordarme) con sus supuestos mensajes “críticos”: en su mayoría se reducen a panfletos de catequistas con cresta.

El último capítulo de esta saga o uno de los que más ha encarado explícitamente esta necesidad y responsabilidad de fundir indie y política ha sido Nacho Vegas con su disco “Resituacion”. Rock de lux, la clásica revista indie, al revés que con sus anteriores trabajos, atacaba sin compasión el nuevo disco de Vegas y muchos sospechaban que en el fondo tenía que ver con el cambio de rumbo hacia la canción política, comprometida. Se le ha acusado de panfletario, de facilón, de oportunista. De nuevo, todos los fantasmas y rechazo que se cierne sobre la ecuación “pop + compromiso” sale a la luz. “RuRún”, canción que Nacho tocó al final de la reunión de círculos a la que yo mismo fui invitado y que parece haber nacido con vocación de himno político del siglo XXI, sonaba tímida ante los círculos de Podemos; la frágil voz de Vegas sonaba doblemente insegura, indecisa, con falta de convicción, con ganas de acabar con aquello cuanto antes; uno habría querido tener ahí a su Víctor Jara, a su Chicho Sánchez Ferlosio, con sus chorros de voz y su vehemencia.

Sin embargo, esto era hace un mes, cuando esa ilusión política era titubeante, cuando se soñaba con un triunfo político en las elecciones europeas pero se temía el más estrepitoso fracaso. 1.200.000 votos después, más de un millón de personas reconociéndose en este proyecto de repolitizarnos, de re-humanizarnos, tal vez ese RunRún empiece a sonar tan emocionante como el viejo “El pueblo unido jamás será vencido”.

No queremos identificar el contexto de producción ni la estética del pop rápidamente con una ideología propia del capitalismo, como haría el marxismo ortodoxo, la mentalidad del fontanero de la teoría política, del “sota-caballo-rey” al que todo le encaja para afianzar su impotencia, su resignacion. El pop y su historia es también nuestra herencia y nuestra estética y sobre ella construiremos nuestro futuro. La lógica cultural del capitalismo tardío o postmodernidad, como hace tiempo que nos hizo ver Fredric Jameson, es también nuestro aliento y en él se inscriben las posibilidades de la torsión política. No podemos ni queremos refugiarnos simplemente en los viejos himnos, sería lo más fácil pero también el más seguro fracaso. Y es que ya lo contaba también uno de esos himnos evocados por Pablo Iglesias al final de la noche electoral: “ A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que pues vivimos anunciamos algo nuevo”.

No es fácil, hay mucho que pensar y sobre todo mucho que hacer en este sentido, pero creo que sí necesitamos y tendremos himnos. Podemos.

 

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